domingo, 1 de febrero de 2015

Tomando un café conmigo.

Tomando un café conmigo. Sentado en un salón lleno de desconocidos, disfrutando únicamente de mi compañía de la misma forma que lo he hecho mil veces en el pasado, analizando mi entorno e intentando vivir el momento presente. Así me encontraba cuando noté que estaba rodeado de tres parejas diferentes, por un momento sentí que las circunstancias se burlaban de mí: una persona solitaria intentando disfrutarse en ese estado rodeada de parejas irradiando gestos de cariño, que buen sentido del humor tiene la vida, pero no dejé que me distrajera, seguí prestando atención al presente e intenté sacar provecho de la situación.

La primera pareja estaba en el lugar equivocado, tendrían que haber buscado un cuarto. Se comían entre sí con la mirada, y se notaba que no podían resistir el deseo de tocarse hasta sacarse chispas y deshacerse de esa piel que los asfixiaba.

La segunda pareja andaba en planes de conocerse, se notaba la formalidad y la timidez en su tacto, esa timidez distintiva en las personas antes de entrar en confianza, intentando descubrir si existe química o intereses en común, tratando de formar con valentía los cimientos de una relación.

La tercera pareja es la que me motivó a escribir, llegaron unos minutos después que yo, se sentaron a más o menos un metro y medio de distancia. Eran dos personas normales, comunes y corrientes, sin nada especial que los separara de la multitud. Después de varios minutos, por alguna razón, mi atención se dirigió hacia ellos. Y la forma en la que ella lo veía despertó mi interés, y eso cambió todo.
El tipo me recordó hasta cierto punto a mí mismo, una persona disimulada, y de pocas palabras. Ella lo miraba como si no existiese pasado o futuro, como si fuesen las únicas dos personas en el mundo, como si él fuese su todo y su nada, como si fuese su "Shekh Ma Shieraki Anni", o en español para aquellos que nunca han conocido el Dothraki: su sol y sus estrellas. Ella le tomó la mano mientras lo veía y él parecía no darle importancia, ni a esa mirada, ni a ese gesto de cariño, y pensé para mí: ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede éste man estar en presencia de algo tan poco común estos días y no prestarle atención? -Acariciala de vuelta, mirala a los ojos, hace algo, hace cualquier cosa pero no te quedes así- gritaba mi voz interna, como una viejita novelera, apostando por que su instinto tomara acción, esperando que reaccionara antes de que el momento mágico pasara al olvido. Y entonces la realidad me golpeó, ¿A cuántos de nosotros nunca nos han visto de esa manera?

Como quisiera poder decir con la frente en alto: Yo sé lo que se siente ser visto de esa forma, con esa intensidad. Pero todavía no he tenido la suerte de experimentar un evento de esa magnitud, a pesar de todas las veces que he tratado de volar. ¿Qué debe hacer una persona, en estos tiempos de violencia y adormecimiento mental, para recibir ese regalo?

En momentos así, cuando la paciencia no es una virtud con la que se cuenta, y todo lo que queda es esperar… Hay que obligar a la mente y al cuerpo a detenerse, tomar un respiro y descansar, pausar el viaje y meditar en el entorno, y si eso falla entonces hay que sentarse a escuchar el sonido que hacen las piedras cuando crecen.

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